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23 de Abril

Día del Agrimensor Nacional

LA GRAN AVENTURA DE EJERCER EL SER AGRIMENSOR

23-04-2016 | Tal como lo he venido haciendo desde hace ya algunos años, al publicar diferentes escritos, relacionados con mi condición de Agrimensor, para homenajear a una profesión en la cual, quien la ejerce, además de profesional se convierte en un osado aventurero, con motivo de celebrarse el 23 de abril nuestro día, quise en esta ocasión, referirme a las peripecias que cotidianamente debemos sobrellevar en el cumplimiento de nuestra misión.
Como correntino, no puedo más que sentirme algo molesto, por la institución de dicha fecha, como homenaje a nuestra profesión, por la razón de haber sido el día, en el cual, en el año 1.965, la provincia de La Rioja, sancionara una Decreto, estableciendo el carácter de Oficial Público del Agrimensor,  tal lo resuelto erróneamente  por la Federación Argentina de Agrimensores (FADA), al entender que se trataba de la primera normativa en tal sentido.
Motiva esa molestia, el no haberse tenido en cuenta, que en el año 1.957, se sancionó en nuestra provincia, el Decreto Ley 3.268, con su posterior Modificatoria 44/58, creando el Consejo Profesional de la Ingeniería, Arquitectura y Agrimensura de la Provincia de Corrientes, en cuyo Art. 2º - inc. c, último párrafo, se le otorga al agrimensor, en el ejercicio de sus tareas, el carácter de Fedatario Público Territorial, dando fe de la documentación que surgiera como producto de su labor, fecha por cierto bastante anterior a la de los riojanos.
Endilgar responsabilidades a alguien en particular, por ese injusto error, no es el motivo de la presente, que tiene por finalidad destacar aspectos muy poco conocidos de la tarea del Agrimensor, que arroja innumerables avatares durante la realización de sus operaciones y la posterior tramitación de sus actuaciones, ante los organismos competentes.
Solo aquellos que transitamos esta abnegada y sufrida profesión, sabemos lo que significa el ejercicio puro de la misma, que comprende distintas etapas, desde consensuar con el mandante, los honorarios profesionales, conforme el arancel vigente, pasando luego por el estudio de antecedentes previo, tanto en lo legal como en lo técnico, la realización de las tareas de campaña, el trabajo en gabinete, que abarca cálculos, confección de planos y documentación requerida y la tramitación de la registración de las actuaciones, hasta finalmente cobrarle al comitente.
Todas esas etapas, presentan un sinnúmero de circunstancias, que en ocasiones, hasta exponen la vida del profesional, tanto por el riesgo de mordedura de un ofidio venenoso, en un lugar alejado de toda posibilidad de ayuda inmediata, como también, en las tareas ruteras, donde puede sufrir la irracionalidad de algún alocado e imprudente conductor, que maneja con impaciencia y apurado, creyendo que la ruta está vacía o bien, entre otros hechos, una pelea a tiros entre linderos en conflicto o hermanos por una herencia.
En lo personal, siempre he dicho, que un profesional en su accionar, está para dar o buscar la forma más simple y efectiva de prestar un servicio, dándole una solución a su mandante y por ese motivo entiendo que  las cosas, no se deben valorar según su costo económico o por el tiempo empleado, sino en razón de la solución que las mismas representan para alguien en particular, una solución que significa encontrar el camino para resolver problemas, conforme las circunstancias y las necesidades, aspecto no tenido en cuenta en muchísimas ocasiones, por aquellos que deciden acudir a un profesional de la agrimensura.
Precisamente en ese sentido, habré de comentar una anécdota que supiera vivir un lejano día sábado en horas de la siesta.
Siendo las 12,30 horas, se apersonó en mi domicilio, el dueño de un reconocido negocio de la ciudad, para solicitarme el amojonamiento de un lote de terreno, donde estaba por construir una sucursal de su emprendimiento, tarea que necesitaba con  suma urgencia.
Al recibir la encomienda y dada la urgencia del caso y el hecho que necesitaba el plano de mensura para proceder a la demarcación, le pregunté al comitente, si tenía copia de dicha mensura, recibiendo una respuesta positiva, por lo que accedí a realizar el trabajo esa misma siesta.
El comitente se retiró a almorzar, para buscarme luego, lo que sucedió aproximadamente a las 13,30 horas.
Una vez en el terreno, ubicado en la zona de Laguna Seca, le pedí el plano prometido, el que inexplicablemente no lo llevó, pero lo mandó a buscar por su gente.
No obstante y con un croquis que los albañiles tenían en su poder, haciendo valer mi experiencia profesional, pude localizar algunos mojones sobre las líneas municipales e interiores y con esos elementos, procedí a delimitar el inmueble, trabajo que coincidió plenamente con el plano de mensura, que tuve a la vista un poco más tarde.
Terminada la actuación, el comitente me trasladó hasta mi domicilio, manifestándome que luego fuera por su negocio, para abonarme mis honorarios.
Dos horas más tarde, estando en dicho negocio, factura en mano, el cliente ni siquiera se tomó la molestia de atenderme y mandó a su secretario para recibir la factura mencionada.
No habrá pasado un minuto, cuando vi venir una tromba, dirigiéndose a mí con una serie de improperios, entre los cuales me endilgó un enriquecimiento desmedido y abusivo, por haber trabajado solo media hora y pretender cobrar los honorarios que supe facturar.
Lo que el comitente no tuvo en cuenta, fue por un lado, que dada la urgencia del pedido, yo debí dejar de lado, mi descanso sabatino para solucionarle un problema y por el otro, que en media hora, mi trabajo le evitó onerosos juicios, muchísimos dolores de cabeza, pérdidas de tiempo y dinero, etc., etc.
El valoró mi trabajo por el tiempo empleado, pero no desde la solución que significó para su emprendimiento, la calidad y seguridad de dicha actuación.
Quiso pagar por el tiempo empleado, pero no por la capacidad de saber usarlo. Algo similar al caso del superpetrolero, donde un mecánico, con un simple martillazo lo hizo arrancar, facturando por ese martillazo un dólar y por saber cómo, cuándo y dónde usarlo 9.999 dólares.
Opté por romper la factura y hacerle ver su desconocimiento sobre el tema y la falta de valoración a la solución que le había dado y me retiré del lugar, negándome a percibir un solo centavo. No acepto limosnas, solo el pago de mi trabajo.
Pero no fue esa la única ocasión, en la que debí degustar el amargo sabor de la injusticia e ingratitud de un cliente y de la falta de reconocimiento a mi tarea profesional, que aportaba a su problema la debida solución.
Por ello y por muchos otros hechos de diferente naturaleza, incontables por cierto, mi profesión representa una constante y verdadera aventura.
 
FELIZ DIA COLEGAS.

 

 

ANTONIO ALBERTO ESPINOLA

Agrimensor Nacional


Autor: CPIAyA



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