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Artículo de opinión.

EL ARQUITECTO COMO ACTOR DEL TIEMPO QUE VIVE.

Arq. Alejandra Brun.

29-06-2015 | Si pensamos formalmente,  un arquitecto es un profesional formado para proyectar y materializar el espacio construido en sus diferentes escalas y especificidades; pero, partiendo de esta escueta definición, es necesario entender la profesión y al que la ejerce como una persona que ha recibido una formación académica que le permite percibir su entorno, comprender la trama física y social que lo conforma e interpretar la realidad que lo rodea; y, a partir de ello, detectar problemas, definir necesidades y expectativas y proponer soluciones yendo de lo general a lo particular y viceversa , como metodología permanente para abordar diferentes escalas y variadas  temáticas.  Problemas y temáticas  siempre relacionados con la vida de un individuo, una familia, un grupo, un conjunto de personas o la sociedad toda, de allí su amplitud y capacidad de pensar la realidad tanto desde el aspecto particular, por ejemplo una vivienda, lugar y eje de formación de la familia, con todo lo que implica, el cobijo, techo, componente mínimo de una ciudad; hasta los aspectos más generales que conllevan a la planificación y construcción de una urbe en sus múltiples diseños.
 A su vez, esta realidad que se le muestra, y que el arquitecto interpreta, está presentada en escalas y rubros, que el mismo debe estudiar y analizar para comprender de qué se trata, cuál es la historia de los diferentes modelos arquitectónicos que se han desarrollado, su razón de ser, la complejidad y circunstancia de su diseño, y todo lo que esté asociado a la funcionalidad y  significación del objeto arquitectónico. Por ejemplo en el área de salud, diseñar un sanatorio, construir un hospital, una sala de atención primaria; en educación, un aula, una escuela, un colegio, es decir, tener una visión, estar formado para poder aproximarse a distintas realidades, componiendo el todo, que es, en definitiva, la realidad que le toca vivir. Esta formación de la que hablamos,  entrena al arquitecto , para observar no solamente aquello que es fácil de percibir, sino para tratar de entender porqué se llegó a eso y adonde se quiere ir;  si consideramos por ejemplo la arquitectura escolar, cómo fueron modificándose los contenedores donde se desarrolla la educación, porqué hoy existen estos modelos de edificios que la contienen, entender hacia dónde se está yendo, para luego realizar el aporte particular que cada uno puede ofrecer, promoviendo con ello el crecimiento de esa temática y escala particulares, en beneficio de la sociedad.
 Por otro lado, el arquitecto tiene la libertad de pensar que pueden existir respuestas distintas a lo que estamos acostumbrados, aplicando para ello su pensamiento creativo, buscando alternativas a lo establecido, siguiendo el devenir del objeto arquitectónico, o pensando en nuevas formas, estimulado por esta formación de la que venimos hablando, la misma que conduce al profesional a entender que todo lo que hace debe materializarse, como instancia final de su trabajo. Para un arquitecto, todo su hacer laboral, concluye cuando ve que lo diseñado, pensado, analizado está concretado.
El arquitecto será aquel profesional que ante el pedido de satisfacer una necesidad, que emanada de un usuario cualquiera, tan particular como el dueño de una futura vivienda, o general, como un conjunto social, grupo de individuos, persona jurídica o el estado, la interpreta, analiza todas las variables que participan de la solución, diseña una alternativa, la presenta como propuesta, y una vez aceptada, la materializa llevándola a cabo en un trabajo conjunto, en equipo, con todos los actores que participan de esa materialización o construcción. El éxito de un arquitecto estriba justamente en su capacidad de interpretación de lo que se necesita y cómo proveer la solución adecuada en mejora de la calidad de vida del o los ciudadanos, destino último de la arquitectura. El profesional arquitecto, por ello, no debe estar aislado y, de hecho, toda su formación está focalizada en el trabajo en equipo, ya que son múltiples los actores que participan del trabajo final del mismo, el usuario final, el calculista, el constructor, el instalador y todos los que participan de aquello que coordina el que proyecta y dirige la obra.
Por último, el desafío actual es encontrar cómo desarrollar la profesión, incluyendo la realidad en la que vivimos. El arquitecto participa de su sociedad, debe tener en claro que es un actor más del tiempo que vive, debe conocer y ser responsable de promover la sustentabilidad, el compromiso ecológico y la mejora de la calidad de vida de la sociedad en la que participa. Para ello debe apoyarse en los elementos que le son propios de su formación, su capacidad de pensar en escala y de lo particular a lo general y viceversa, en una visión integradora que compone el desafío real del desempeño profesional. En la arquitectura, entendida como el contenedor de la vida de cada individuo, la pasión por la profesión, incluye  el compromiso de participar, opinar productivamente  o ser responsable activo del diseño social del que, como profesional, participa. Al final, si mejora la calidad de vida de cada individuo, entendiendo la potencialidad de cada espacio, mejora la sociedad toda y se cumple el objetivo final de la arquitectura.


Autor: CPIAyA



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